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Soñemos juntos (Let Us Dream Spanish Edition)

El camino a un futuro mejor

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EN ESTE LIBRO REVELADOR, INSPIRADOR Y PRÁCTICO, ESCRITO JUNTO CON SU BIÓGRAFO, AUSTEN IVEREIGH, EL LÍDER ESPIRITUAL POR EXCELENCIA EXPLICA POR QUÉ DEBEMOS—Y CÓMO PODEMOS—HACER EL MUNDO MÁS SEGURO, JUSTO Y SANO PARA TODOS.

En la crisis del Covid, el pastor amado de más de mil millones de católicos ha visto la crueldad y la desigualdad de nuestra sociedad expuestas más vívidamente que nunca. También ha visto en la resiliencia, la generosidad y la creatividad de tantas personas los medios para rescatar nuestra sociedad, nuestra economía y nuestro planeta. Con una prosa directa y poderosa, el Papa Francisco nos urge a no permitir que el dolor sea en vano.

Él comienza Soñemos juntos explorando lo que esta crisis puede enseñarnos sobre cómo manejarnos en tiempos de tribulación de cualquier tipo, ya sea en nuestras vidas o en el mundo en general. Con un candor sin precedentes, Francisco nos revela cómo tres crisis en su propia vida lo cambiaron dramáticamente para mejor. Por su misma naturaleza, él muestra que las crisis nos presentan una opción: cometemos un grave error si intentamos volver a un estado previo a la crisis. Pero si tenemos el coraje de cambiar, podemos salir del desafío mejores que antes.

Francisco ofrece luego una crítica brillante y mordaz de los sistemas e ideologías que han conspirado para generar la crisis actual: desde una economía mundial obsesionada por el lucro, indiferente a las personas y al medio ambiente que daña; hasta políticos que fomentan el miedo para acrecentar su propio poder a expensas de su pueblo. Nos recuerda que el primer deber de los cristianos es servir a los demás, especialmente a los pobres y los marginados, tal como hizo Jesús.

Por último, el Papa ofrece un proyecto inspirador y concreto para construir un mundo mejor para toda la humanidad, que ponga en el centro de una nueva forma de pensar a los pobres y al planeta. Para este plan Francisco se inspira no solo en textos sagrados, sino también en los hallazgos más recientes de renombrados científicos, economistas, activistas y otros pensadores. Pero en vez de dar solo recetas, nos muestra cómo el pueblo actuando conjuntamente a pesar de sus diferencias puede descubrir posibilidades insospechadas.

En el camino nos ofrece decenas de observaciones sabias y sorprendentes: sobre el valor del pensamiento poco convencional; sobre por qué debemos aumentar dramáticamente el liderazgo de las mujeres en la Iglesia y en toda la sociedad; sobre lo que aprendió con los cartoneros recorriendo las calles de Buenos Aires; y mucho más. Soñemos juntos es una epifanía, un llamado a rearmarnos y un placer de leer. Es el Papa Francisco en su expresión más personal, profunda y apasionada. Con este libro y con los corazones abiertos, podemos cambiar el mundo.

Prólogo Prólogo
Veo este momento como la hora de la verdad. Me hace recordar lo que Jesús le dijo a Pedro: Satanás quiere “zarandearte como el trigo” (Lucas 22, 31). Es un momento en que se sacuden tanto nuestras categorías como nuestras formas de pensar y entran en cuestionamiento nuestras prioridades y estilos de vida. Cruzás un umbral, ya sea por decisión propia o por necesidad, porque algunas crisis, como la que estamos atravesando, no las podemos evitar.

La pregunta es si vamos a salir de esta crisis y, en ese caso, cómo. La regla básica es que nunca se sale igual de una crisis. Si salís, salís mejor o peor; pero nunca igual.

Estamos viviendo un momento de prueba. La Biblia habla de atravesar el fuego para describir esas pruebas, como el horno prueba la vasija del alfarero (Eclesiástico 27, 5). La vida nos prueba, a todos nos prueba. Es así como crecemos.

En las pruebas de la vida se revela el propio corazón: su solidez, su misericordia, su grandeza o su pequeñez. Los tiempos normales son como las almidonadas formalidades sociales: uno nunca demuestra lo que uno es. Sonreís, decís lo correcto y salís de la estacada, sin mostrar jamás quién sos en realidad. Pero cuando pasás por una crisis, ocurre todo lo contrario: te pone ante la necesidad de elegir. Y al elegir, se revela tu corazón.

Pensemos en lo que ocurre en la historia. Cuando el corazón de la gente se pone a prueba, las personas toman conciencia de lo que las estaba frenando. También sienten la presencia del Señor, que es fiel y responde al clamor de su pueblo. El encuentro que se logra nos plantea la posibilidad de un futuro nuevo.

Pensá en lo que hemos visto durante esta crisis del Covid-19. Todos esos mártires: hombres y mujeres que han entregado sus vidas al servicio de los más necesitados. Recordemos a los médicos, enfermeras y demás cuidadores de la salud, así como también los capellanes y todas las personas que se animaron a acompañar a otros en el dolor. Tomando las precauciones necesarias, buscaron ofrecer apoyo y consolación a otros. Fueron testimonios de cercanía y ternura. Muchos murieron, desgraciadamente. En honor a su testimonio y al sufrimiento de tantos, debemos construir el mañana siguiendo los caminos que nos han señalado.

Sin embargo —y digo esto con dolor y vergüenza— también pensemos en los usureros, los microprestamistas que llamaron a la puerta de la gente desesperada. Si tendían una mano era para ofrecer préstamos imposibles de devolver, que terminan endeudando para siempre a quienes los aceptan. Especulan con el sufrimiento ajeno.

En momentos de crisis se ve lo bueno y lo malo: la gente se muestra tal cual es. Algunos dedican tiempo a servir a los que lo necesitan, mientras que otros se sirven de los demás. Algunos salen al encuentro de los demás —de maneras nuevas y creativas, sin apartarse de su propio hogar— mientras que otros se refugian detrás de una coraza protectora. El corazón se muestra tal cual es.

No son solo personas concretas las que están a prueba, sino pueblos enteros. Pensemos en los gobiernos que tienen que tomar decisiones en medio de esta pandemia. ¿Qué es lo más importante? ¿Cuidar a la gente o que el sistema financiero no se detenga? ¿Dejamos en suspenso la maquinaria que genera riqueza, siendo conscientes de que la gente sufrirá, aunque así salvemos vidas? En algunos casos los gobiernos no lograron comprender la magnitud de esta enfermedad o no contaron con los recursos necesarios. Estos gobiernos hipotecaron a su pueblo. Las decisiones que tomaron pusieron a prueba sus prioridades y quedaron expuestos sus valores.

En una crisis siempre existe la tentación del repliegue. Es cierto que el repliegue táctico es una manera política de actuar lícita, como la Biblia dice: “¡A tus tiendas, Israel!” (1 Reyes 12, 16), pero hay situaciones donde el repliegue no solo no es lícito, sino que tampoco es humano. Jesús lo deja muy claro en la famosa parábola del buen samaritano. Cuando el levita y el sacerdote se alejan del hombre herido y golpeado por los ladrones, optan por un repliegue “funcional”. Con esto quiero decir que tratan de preservar su propio lugar —su papel, su statu quo— cuando se enfrentan con una crisis que los pone a prueba.

En una crisis nuestros funcionalismos se tambalean y tenemos que revisar y modificar nuestros roles y hábitos para poder salir de la crisis como mejores personas. Una crisis siempre exige que todo nuestro ser esté presente; no podemos replegarnos y retraernos a nuestros viejos roles y maneras. Pensemos en el samaritano: se para, se acerca, actúa, se mete en el mundo del hombre herido, en el sufrimiento del otro, y así crea un futuro nuevo.

Actuar al estilo del samaritano en una crisis implica dejarme golpear por lo que veo, sabiendo que el sufrimiento me va a cambiar. Los cristianos hablamos de esto como asumir y abrazar la Cruz. Abrazar la Cruz, confiados en que lo que viene es vida nueva, nos da el coraje para dejar de lamentarnos y salir al encuentro para servir a los demás y así suscitar el cambio posible, que sólo nacerá de la compasión y el servicio.

Algunos responden al sufrimiento de una crisis encogiéndose de hombros. Dicen: “Bueno, el mundo es así, Dios lo creó así”. Pero esa respuesta malinterpreta la creación de Dios como algo estático, cuando en realidad se trata de un proceso dinámico. El mundo siempre está en gestación. Pablo, en su Carta a los Romanos, dice que la creación entera gime y sufre dolores de parto (Romanos 8, 22). Dios quiere construir el mundo con nosotros, como colaboradores, en todo momento. Nos ha invitado a que nos unamos a Él desde el principio, en tiempos de paz y en tiempos de crisis: desde y para siempre. No nos encontramos frente a algo cerrado, empaquetado: “Tomá, acá tenés el mundo”.

El mandato de Dios a Adán y Eva en el relato del Génesis es ser fecundos. La humanidad ha recibido el mandato de cambiar, construir y dominar la creación en el sentido positivo de crear desde y con ella. Entonces, el futuro no depende de un mecanismo invisible en el que los humanos son espectadores pasivos. No, somos protagonistas, somos —forzando la palabra— cocreadores. Cuando el Señor nos pide ser fecundos, dominar la tierra, lo que nos está diciendo es: sean creadores de su futuro.

De esta crisis podemos salir mejor o peor. Podemos retroceder o crear algo nuevo. En este momento, lo que necesitamos es la oportunidad de cambiar, de hacer lugar para que pueda surgir eso nuevo que necesitamos. Como cuando Dios le dice a Isaías: “Vení, hablemos sobre esto. Si estás listo para escuchar, tendremos un gran futuro. Pero si te negás a escuchar, te devorará la espada” (Isaías 1, 18-20).

Hay tantas espadas que amenazan con devorarnos.

La crisis del Covid parece única porque afecta a la mayoría de la humanidad. Pero es especial solo por su visibilidad. Existen miles de otras crisis igual de terribles, pero son tan lejanas a algunos de nosotros que podemos actuar como si no existieran. Pensemos, por ejemplo, en las guerras diseminadas en distintas partes del mundo, la producción y el tráfico de armas; en los cientos de miles de refugiados que huyen de la pobreza, el hambre y las faltas de oportunidad; en el cambio climático. Estas tragedias nos pueden resultar lejanas, son noticias pasajeras que, tristemente, no logran movilizar nuestras agendas y prioridades. Pero al igual que la crisis por el Covid, afectan a toda la humanidad.

Mirá solamente los números, lo que un país gasta en armas, y te quedás helado. Luego compará esas cifras con las estadísticas de UNICEF sobre cuántos chicos no tienen acceso a la educación y se van a dormir con hambre, y te das cuenta de quién paga el precio por el gasto en armas. En los primeros cuatro meses de este año murieron 3,7 millones de personas a causa del hambre. ¿Y cuántos más han muerto a raíz de la guerra? El gasto en armas destruye a la humanidad. Es un “coronavirus” gravísimo, pero como sus víctimas son invisibles, no hablamos de eso.

Para algunos, igualmente escondida está la destrucción de la naturaleza. Pensábamos que no nos afectaba porque sucedía en otro lado. Pero de repente lo vemos, lo entendemos: un barco cruza el Polo Norte, y caemos en la cuenta de que las inundaciones y los incendios forestales, que parecían tan remotos, son parte de la misma crisis que nos afecta a todos.

Mirá cómo estamos ahora: nos ponemos el barbijo para protegernos a nosotros mismos y a los demás de un virus que no podemos ver. ¿Pero qué hacemos con los demás virus que no podemos ver? ¿Cómo podemos encarar las pandemias ocultas de este mundo, de las pandemias del hambre, de la violencia y del cambio climático?

Si de esta crisis queremos salir menos egoístas que cuando entramos, necesitamos dejarnos tocar por el dolor de los demás. Hay una frase en el himno “Patmos” de Friedrich Hölderlin que a mí me habla mucho. Dice que la amenaza del peligro en medio de una crisis nunca es total, siempre hay una salida: “Donde hay peligro, crece también lo que nos salva”1. Ese es el genio en la historia humana: siempre hay una salida para escapar de la destrucción. La humanidad tiene que actuar precisamente ahí, en la amenaza misma: es ahí donde se abre la puerta. Esa frase de Hölderlin me acompañó en distintas situaciones de mi vida.

Este es el momento para soñar en grande, para repensar nuestras prioridades —lo que valoramos, lo que queremos, lo que buscamos— y para comprometernos en lo pequeño y actuar en función de lo que hemos soñado. Lo que oigo en este momento es semejante a lo que Isaías le oyó decir a Dios a través de él : Vení, hablemos sobre esto. Atrevámonos a soñar.

Dios nos pide que nos atrevamos a crear algo nuevo. No podemos volver a la falsa seguridad de las estructuras políticas y económicas que teníamos antes de la crisis. Necesitamos economías que permitan a todos el acceso a los frutos de la creación, a las necesidades básicas de la vida: tierra, techo y trabajo. Necesitamos políticas que puedan integrar y dialogar con los pobres, los excluidos, los vulnerables, y les permitan tener voz en las decisiones que afectan sus vidas. Hay que bajar la velocidad, tomar conciencia y diseñar maneras mejores para convivir en este mundo.

Es una tarea para todos, que nos convoca a todos; es un buen tiempo para los inquietos de espíritu, esa sana inquietud que moviliza. Hoy, más que nunca, ha quedado expuesta la falacia de convertir el individualismo en el principio rector de nuestra sociedad. ¿Cuál será nuestro nuevo principio?

Hace falta un movimiento popular que sepa que nos necesitamos mutuamente, que tenga un sentido de responsabilidad por los demás y por el mundo. Necesitamos proclamar que ser compasivos, tener fe y trabajar por el bien común son grandes metas de vida que requieren valentía y reciedumbre; mientras que la vanidad, la superficialidad y la burla a la ética no nos han hecho ningún bien. La era moderna —que tanto desarrolló y proyectó la igualdad y la libertad— ahora necesita añadir, con el mismo impulso y tenacidad, la fraternidad para enfrentar los desafíos que tenemos por delante. La fraternidad dará a la libertad y a la igualdad su justa sinfonía.

Millones de personas se han preguntado a sí mismas, y entre sí, dónde podrían encontrar a Dios en esta crisis. Lo que me viene a la mente es el desborde. Pienso en los grandes ríos que crecen tan gradualmente que es casi imperceptible notarlo, pero cuando el momento llega, se desbordan y derraman sus aguas. En nuestra sociedad, la misericordia de Dios brota en estos “momentos de desborde”: se derrama, rompiendo las fronteras tradicionales que han impedido que tantas personas tengan acceso a lo que se merecen, sacudiendo nuestros roles y modos de pensar. El desborde se encuentra en el sufrimiento que ha dejado expuesto esta crisis y en la creatividad con que tantos buscan responder a ella.

Veo un desborde de misericordia derramándose a nuestro alrededor. Los corazones han sido puestos a prueba. La crisis ha suscitado en algunos un coraje y una compasión nuevos. Algunos han sido zarandeados y han respondido con el deseo de reimaginar nuestro mundo, otros buscaron socorrer con gestos bien concretos las penurias de tantos capaces de transformar el dolor de nuestro prójimo.

Esto me llena de esperanza en que podemos salir mejores de esta crisis. Pero necesitamos ver claro, elegir bien y actuar en consecuencia.

Hablemos del cómo. Dejemos que esas palabras de Dios a Isaías sean dirigidas a nosotros: Vení, hablemos sobre esto. Atrevámonos a soñar.

Jorge Mario Bergoglio nació en Buenos Aires, Argentina, el 17 de diciembre de 1936, hijo de inmigrantes italianos. Fue ordenado sacerdote en la Compañía de Jesús (Jesuitas) en 1969 y fue nombrado obispo en 1992 y Arzobispo de Buenos Aires en 1998. Fue creado cardenal en 2001. En marzo de 2013 fue electo Obispo de Roma, el papa número 266 de la Iglesia Católica.