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Table of Contents
About The Book
Los fans de las series The Regency Vows y For the Love of Austen se enamorarán de esta comedia romántica y encantadora sobre una aspirante a guionista y un modelo deslumbrante, que se unen para crear contenido jugoso sobre la era de la regencia para fanáticos en línea.
Tras ser despedida de su trabajo, sufrir un descarado ghosting y enfrentarse a un bloqueo creativo como escritora, Mariel Rivera, una aspirante a guionista de 26 años, está al borde de las lágrimas en el metro. Pero cuando un modelo increíblemente atractivo, vestido con un traje de época regencia, la rescata de un altercado en Times Square, no imagina que su vida está a punto de dar un giro inesperado.
Dashwood Bennet modela hace años, aunque el último tiempo, su portafolio ha incluido trabajos más atrevidos. Sin embargo, nunca imaginó que después de su encuentro con Mariel, se pondría sus pantalones de regencia solo para volver a quitárselos…frente a las cámaras.
Dash es la respuesta a las plegarias de Mariel en más de un sentido. Primero, la salvó de una manifestación descontrolada. Segundo, es perfecto para el papel del duque de Harding, un personaje que ella creó y en el que no puede dejar de pensar. Tercero, está más que dispuesto a ser la imagen de sus fotografías históricas picantes. Y por último, pero no menos importante, es su compañero perfecto tanto en los negocios como en la cama. Pero ser compañeros de trabajo con beneficios puede resultar algo difícil. ¿Sobrevivirá su relación o Mariel y Dash están condenados a no alcanzar su final feliz?
Fans of The Regency Vows and For the Love of Austen series will adore this sexy and charming rom-com debut about an aspiring screenwriter and a gorgeous model teaming up to create regency era thirst content for online fans.
After being fired from her day job, unceremoniously ghosted, and facing a bad case of writer’s block, twenty-six-year-old aspiring screenwriter Mariel Rivera is one spilled coffee away from crying on the subway. When she’s rescued from a Times Square kerfuffle by a very handsome model dressed in regency costume, Mariel has no idea her life is about to change.
Dashwood Bennet has been modeling for years, though recently, his current portfolio includes some more risqué shots. However, he never imagined that after his encounter with Mariel, he’d be putting on his regency breeches just to take them off again…in front of the camera.
Dash is the answer to Mariel’s prayers in more ways than one. First, he saved her from an unruly mob. Second, he’s the perfect person to play the Duke of Harding, a character she’s created that captured her attention and won’t let go. Third, he’s more than game to be the face of her spicy historical shorts. And last but not least, he’s her perfect partner both in business and in the bedroom. But being work-partners-with-benefits can complicate things. Will their partnership survive or are Mariel and Dash doomed to not have their happily ever after?
Tras ser despedida de su trabajo, sufrir un descarado ghosting y enfrentarse a un bloqueo creativo como escritora, Mariel Rivera, una aspirante a guionista de 26 años, está al borde de las lágrimas en el metro. Pero cuando un modelo increíblemente atractivo, vestido con un traje de época regencia, la rescata de un altercado en Times Square, no imagina que su vida está a punto de dar un giro inesperado.
Dashwood Bennet modela hace años, aunque el último tiempo, su portafolio ha incluido trabajos más atrevidos. Sin embargo, nunca imaginó que después de su encuentro con Mariel, se pondría sus pantalones de regencia solo para volver a quitárselos…frente a las cámaras.
Dash es la respuesta a las plegarias de Mariel en más de un sentido. Primero, la salvó de una manifestación descontrolada. Segundo, es perfecto para el papel del duque de Harding, un personaje que ella creó y en el que no puede dejar de pensar. Tercero, está más que dispuesto a ser la imagen de sus fotografías históricas picantes. Y por último, pero no menos importante, es su compañero perfecto tanto en los negocios como en la cama. Pero ser compañeros de trabajo con beneficios puede resultar algo difícil. ¿Sobrevivirá su relación o Mariel y Dash están condenados a no alcanzar su final feliz?
Fans of The Regency Vows and For the Love of Austen series will adore this sexy and charming rom-com debut about an aspiring screenwriter and a gorgeous model teaming up to create regency era thirst content for online fans.
After being fired from her day job, unceremoniously ghosted, and facing a bad case of writer’s block, twenty-six-year-old aspiring screenwriter Mariel Rivera is one spilled coffee away from crying on the subway. When she’s rescued from a Times Square kerfuffle by a very handsome model dressed in regency costume, Mariel has no idea her life is about to change.
Dashwood Bennet has been modeling for years, though recently, his current portfolio includes some more risqué shots. However, he never imagined that after his encounter with Mariel, he’d be putting on his regency breeches just to take them off again…in front of the camera.
Dash is the answer to Mariel’s prayers in more ways than one. First, he saved her from an unruly mob. Second, he’s the perfect person to play the Duke of Harding, a character she’s created that captured her attention and won’t let go. Third, he’s more than game to be the face of her spicy historical shorts. And last but not least, he’s her perfect partner both in business and in the bedroom. But being work-partners-with-benefits can complicate things. Will their partnership survive or are Mariel and Dash doomed to not have their happily ever after?
Excerpt
Capítulo 1 1
UN APARTAMENTO DESORDENADO EN MANHATTAN — DÍA
PASAMOS por encima de un sofá naranja iluminado por las luces de la mañana, revelando una colección de pañuelos arrugados y envases de helado vacíos, hasta alcanzar un par de manos garabateando MENTIROSO con un rotulador en la portada de una novela romántica, y después, lanzando dramáticamente el libro de bolsillo a través de la habitación. RETROCEDEMOS para ver la dueña de esas manos: una chica latina, en pijama y con una bata peludita, y el rímel corrido por debajo de los ojos, lo que evidencia toda una noche llorando. Esta es MARÍA, de 26 años.
MARÍA (en su móvil)
No más citas. Para siempre. Y te voy a contar exactamente por qué, ya que todo el mundo adora que los primeros diez minutos de una comedia romántica comiencen con una expliación.
Borré todo con un gemido de frustración, resistiendo el impulso de lanzar mi computadora portátil a través de la habitación como hizo María con la novela romántica. Está bien, eso fue horrible. Qué más daba, siempre podía volver a empezar. Tampoco ese era mi undécimo intento de escribir el inicio de mi guion de cine ni nada por el estilo.
Solté otro gemido, este con un dejo de pánico.
Dándole una patada a la ropa limpia apilada al pie de la cama, estiré las piernas y retiré el cojín en forma de flor que había estado apoyado en mi regazo, colocándome la portátil en las piernas. Fue un gran error, ya que la parte inferior de la portátil prácticamente me quemaba la piel de los muslos.
Obviamente, el problema no era mi guion de cine o el hecho que no lograba escribir una frase coherente. Era que en mi apartamento hacía demasiado calor. Todo lo que tenía que hacer para que las palabras fluyeran era mudarme a algún lugar con aire acondicionado. Y una golosina. ¿En qué había estado pensando, intentando escribir sin un pequeño incentivo para seguir adelante?
Como si hubiera escuchado el chisporroteo de la carne quemada desde Miami, mi móvil vibró con una llamada entrante de mi prima Yazmin.
—Sé exactamente lo que me vas a preguntar —le dije por teléfono—. Si el romance de regencia es tan popular como subgénero literario, ¿cómo no hay porno de regencia?
No estaba intentando desviar la atención de sus preguntas sobre mi guion de cine o la cita de anoche, que ni siquiera tuvo la oportunidad de fracasar estrepitosamente ya que fui ghosteada antes incluso de que empezara. Pero… Oh, ¿a quién quería engañar? Pues claro que estaba intentando distraerla. Y estaba funcionando.
Yaz se rio a carcajadas. Bajito. Quizás no tuviera reparos en estar hablando conmigo por teléfono mientras trabajaba, pero era una abogada recién graduada, y no daba la impresión de que le gustara que el asociado de segundo año sobrecargado de trabajo, con quien compartía su lujosa oficina, la mirara mal.
—No, de verdad, piénsalo. Un tipo en Fling haciendo cosplay vestido como un duque, el duque de Harding —añadí en un brote de inspiración—. Haciendo vídeos, ya sabes, con ropa de cuero ceñida y botas de húsar, que le dice a quien lo esté viendo lo mala institutriz que es.
Esta vez, su risa estalló en el auricular.
—Definitivamente vas a conseguir que me echen hoy. ¿Es Fling esa aplicación para lectores de romance de la que me habías hablado antes de que nos interrumpiera mi jefe?
—Sí. Tal vez debería encontrar a alguien con quien asociarme. Escribirles guiones técnicos o lo que sea.
—Dime la verdad, Mariel. ¿Estás tratando de evitar trabajar en tu guion? ¿Por qué no intentas escribir algunas palabras en vez de distraerte con… lo que sea que sea esto?
Cerrando mi portátil, solté una pedorreta al teléfono.
—Déjame tranquila. No necesito tu sabios consejos tan temprano por la mañana.
Yaz y yo fuimos criadas como hermanas cuando nuestras madres, que sí son hermanas, se mudaron juntas para ayudar en el cuidado de sus respectivas hijas. Ese debe de ser el por qué Yaz a menudo suena como una hermana mayor estresada cuando habla conmigo.
—Para empezar, ya es casi mediodía. Segundo, renunciaste a tu trabajo para terminar de escribir ese guion.
—Supuestamente —susurré, mi corazón culpable latiendo como hacía siempre que me enfrentaba cara a cara con el hecho de que le había mentido a Yaz, y a todo el mundo, sobre renunciar al trabajo cuando en realidad me habían despedido. Empujando mi portátil a un lado, me di prisa en quitarme los pantalones cortos del pijama y en ponerme un vestido, hablando principalmente para evitar que Yaz sintiera la culpabilidad en mi voz.
—No, realmente. Piensa en ello. ¿Sabes cuántos guiones porno podría hacer rápido en el tiempo que me lleva escribir una escena de mi guion de cine? En realidad, no es una mala idea. Me pregunto si es una categoría en Fiverr.
—Hablemos en serio. ¿Sabes cuántas personas renuncian a su trabajo para escribir un guion de cine y realmente triunfan?
No estaba equivocada. Cuando me encontré con Grace Hong, una de mis antiguas compañeras de la universidad, lo último que me esperaba era que recordara el guion que había escrito en la única clase en la que estuvimos juntas antes de que se valiera de su cortometraje premiado para conseguir un trabajo real en Hollywood. O que se ofreciera a conseguirme una reunión con un productor amigo suyo cuando ambos volvieran de pasar unas semanas en Los Angeles, después de enseñarle unas cuantas escenas que había escrito y decirle que estaba a punto de acabar el guion de cine. No era una mentira, solo una exageración.
La verdad era, que, aunque abría el documento cada tanto para añadir unas pocas líneas de diálogo a la comedia romántica que había comenzado mientras estudiaba, había pasado los siguientes cuatro años desde la graduación metida de lleno en hojas de cálculo, habiendo optado a último momento por ir por el camino práctico y especializándome en gestión de proyectos en vez de en cinematografía, como había planeado originalmente.
Esa fue la única decisión práctica que tomé en toda mi vida, y no estaba segura de haber hecho la elección correcta.
Reprimiendo un suspiro, alcé mi bolso, mis gafas de sol, y… Después de un momento de vacilación, dejé mi portátil encima de la cama. Puede que lo que realmente necesitara fuera un descanso. Irme por ahí unas horas y volver al guion de cine con una nueva perspectiva.
Aunque, seamos sinceros, lo que realmente necesitaba era seguir rellenando solicitudes. Ninguno de los doce trabajos que había solicitado desde que me despidieron había llevado a algo concreto, pero a estas alturas me conformaría con cualquier empleo que me permitiera pagar el alquiler a finales de verano cuando se me acabaran los ahorros.
—Empiezo a preocuparme, Mariel —continuó Yaz, sus pensamientos, como siempre, misteriosamente en sintonía con los míos—. Tus ahorros no van a durar para siempre.
La presión de todo eso me llenó de tanta ansiedad durante un par de segundos que me quedé sin aliento.
Hubo una pequeña pausa por parte de Yaz, como si pudiera sentir mi infarto inminente. Lo que ocurre con mi prima es que presenta una dura coraza, pero por dentro es tierna y cursi. En cuanto se diera cuenta de que estaba completamente perdida, iba a empezar a ofrecerme de todo, desde dinero para el alquiler hasta su sofá. Su prometida, Amal, ya estaba molesta por lo mucho que Yaz me había ayudado a lo largo de los años y, con su boda acercándose rápidamente, no podía pedirle a mi prima que me echara una mano de nuevo. Tampoco es que quisiera que ella lo hiciera, necesitaba superar esto por mí misma, aunque solo fuera para demostrarme que podía hacerlo.
No sé cómo lo hice, pero conseguí inhalar suficiente aire para forzar un tono más ligero en mi voz. Intenté sonar relajada, pero acabé pareciendo despreocupada.
—Eh, siempre hay tarjetas de crédito.
Me estremecí.
—No es una mala idea —me apresuré a añadir mientras cerraba la puerta de mi estudio tras de mí—, pero el porno es seguramente cinco millones de veces más lucrativo que las comedias románticas. Puede que ese sea el cambio de rumbo que…
—No más cambios de rumbo —dijo Yaz con firmeza—. Vas a terminar tu guion de cine y contactar a Grace a más tardar a finales de agosto. O voy a dejar de ser tu amiga.
Salí de mi edificio y giré hacia la Décima Avenida, usando elegantemente la manga de mi vestido de verano para limpiar las gotitas que perlaban sobre mi labio superior. No había mucho que pudiera hacer sobre mi pelo, que aumentaba en volumen al igual que el corazón del Grinch al final de la película. La ciudad de Nueva York es tan húmeda como una selva tropical de hormigón en verano, y ni siquiera el peluquero de Princesa por sorpresa podría evitar el encrespamiento de los rizos en mi cabeza. Al menos servía como un buen fondo para mis pendientes en forma de corazón, en los que había gastado demasiado, teniendo en cuenta que ya no estaba trabajando. El bolso colgado en mi hombro también tenía forma de corazón, porque si hay algo que debes saber sobre mí, es que nunca evito comprometerme con una temática.
—Eres mi prima —me burlé, satisfecha con lo normal que sonó mi voz después de un par de respiraciones—. Ser mi amiga forma parte del contrato.
—También soy una abogada corporativa con mucha experiencia en romper contratos —contraargumentó. Sí, en eso tenía razón.
Soltó un suspiro.
—Está bien, acabaré algo de trabajo hoy. Estoy literalmente entrando en una cafetería mientras hablamos.
Para tomarme un matcha frío y un muffin, pero no tenía que saber eso.
El paseo al café desde mi apartamento fue corto, pero me había convertido en un monstruo del pantano sudoroso cuando abrí la puerta y me puse en la fila. Afortunadamente, el pequeño local tenía aire acondicionado y había una mesa libre bajo una de las rendijas de ventilación, justo al lado del altavoz que estaba reproduciendo el último álbum de Lady Cerulean.
Déjame decirte algo, agarré esa mesa como si fuera la última Coca-Cola en el desierto. Coloqué mi bebida y mi muffin en su superficie y saqué una novela romántica de mi bolso, soñando despierta distraídamente con el duque de Harding. Prácticamente podía verlo en mi mente. Sería encantador y cortés, pero con un destello libertino en sus ojos que prometiera un momento de locura. Tendría el tipo de sonrisa que haría que te temblaran las piernas. Y antebrazos, definitivamente tendría unos antebrazos fuertes.
Estaba rebuscando en mi bolso —la forma de corazón era adorable, pero las cosas tendían a perderse en el fondo puntiagudo—, cuando alguien empujó mi silla tan bruscamente que mi libro salió volando de la mesa.
Esto era Nueva York, y una cafetería concurrida, para colmo, recibir empujones era normal. Ni siquiera habría mirado hacia arriba si la persona que había chocado conmigo no se hubiera inclinado al mismo tiempo que yo para recoger mi libro.
Lo agarró antes y me lo tendió. Lo tomé, con una sonrisa lista… que se marchitó de repente cuando vi su cara.
Milo todavía llevaba las camisas abotonadas y los corbatines que siempre pensé que lo hacían parecer un adorable profesor de matemáticas de tercero de primaria. Esa fue una de las cosas que me llamó la atención de él cuando lo conocí. Mientras mi mirada lo inspeccionaba, hambrienta como si no lo hubiera visto en años en vez de tan solo unos meses, noté docenas de otras pequeñas cosas que hacían que se me encogiera el corazón en el pecho.
Como el pelo ligeramente despeinado por el que me encantaba pasar los dedos. Y el oscuro bronceado alrededor del puente de la nariz, y las gafas de montura dorada asomando por el bolsillo de su camisa. Esa pequeña peca justo donde sus ojos se arrugaban cuando se reía. La mancha de tinta en el pálido puño azul que evidenciaba su colección de plumas.
En los meses transcurridos desde nuestra ruptura, casi me había convencido a mí misma de que la próxima vez que lo viera se vería demacrado y afligido, con oscuras ojeras bajo los ojos y la comprensión de que la vida sin mí no tenía sentido escrita en la cara. ¿Cómo era posible que se viera igual que siempre, cuando yo me sentía como si me hubieran exprimido hasta dejarme hecha un desastre por dentro y por fuera?
—Mariel. —Mi nombre salió de su boca como si estuviera igual de sorprendido que yo.
—Milo, hola. ¿Qué…? —Me aclaré la garganta—. ¿Qué te trae por el barrio?
—Tengo una reunión en ese edificio —dijo, gesticulando vagamente hacia el gran panel de vidrio que nos separaba de la acera. O, supongo, señalando hacia uno de los edificios al otro lado de la calle.
Aunque realmente no importaba, ya que acababa de cegarme el reflejo de su alianza de bodas, un breve reflejo de luz que se sintió como si un filo helado me atravesara por dentro.
A mi favor diré que no hiperventilé. Sobre todo porque parecía que no podía recuperar el aliento.
—Tengo una pausa entre clases —continuó Milo.
—¿Clases? —repetí, agarrando el libro de bolsillo con todas mis fuerzas.
—Estoy en el programa de doctorado en Columbia.
—Oh, eso es… Qué bueno, felicidades. —Mi sonrisa no podría haber sido tan tensa ni aunque me hubiera dado un calambre en la mejilla.
—Ahora estoy en un curso intensivo de verano —me dijo, sin el más mínimo signo de incomodidad—. ¿Recuerdas ese curso de estética bizantina del que solía hablar?
Pues claro. Milo había terminado su máster de Estudios Clásicos la primavera anterior. No podría contar el número de veces que lo había escuchado preocuparse por sus solicitudes de doctorado o hablar con entusiasmo de ese curso que impartía el profesor del que quería ser asistente.
—Sí, claro —respondí, tratando de fingir entusiasmo, pero fracasando estrepitosamente—. Oh, guau, es genial que entraras. Me alegro por ti.
En ese momento de mi vida había renunciado a la idea de que aún podía ser una indiferente, calmada y serena reina del hielo. Aunque, ¿de verdad tenía que balbucear?
Milo puso una mano en la mesa. La mano con la alianza de bodas, por supuesto.
—Escucha, Mariel, hay algo que quiero decirte.
Esa breve frase fue todo lo que necesité para que se me cayera el alma a los pies. Seguramente me habría levantado y habría huido si no me hubiera sentido acorralada por gente sobre estimulada de cafeína por todos lados. Levanté la mano con tanto énfasis que, si hubiera estado dirigiendo el tráfico, los carros se habrían detenido a mi alrededor.
Milo no. Pensarías que a alguien tan inteligente le resultaría imposible ser completamente ajeno al pánico que mostraba de repente la cara de su ex. No quería oír hablar de su matrimonio. O de su mujer. O que seguramente estaban viviendo en perfecta armonía.
Se estaba apartando el pelo de la frente y acercándose todavía más.
—Sé que no acabamos bien, y sé que es por mi culpa.
El eufemismo del siglo, considerando que la razón por la que ya no estábamos juntos era porque el otoño pasado fingió haberse mudado a Grecia para trabajar en una excavación cuando había estado desde el principio en Jersey City con otra mujer. No solo eso; dejó de contestarme durante semanas, ignorando cada uno de mis mensajes y llamadas, por lo que perdí tanto el control que Yaz tuvo que convencerme para no reservar un vuelo a Atenas porque yo estaba segura de que le había ocurrido algo horrible. Y que bueno que lo hizo, porque no iba a ser capaz de encontrarlo si hubiese ido, dado que no tenía ninguna dirección suya… y, además, no estaba allí.
No era la primera vez que alguien desaparecía de mi vida sin decir nada, pero lo que Milo había hecho fue mucho peor. Había hecho planes para el futuro, sabiendo todo el tiempo que estaba con alguien más. Había cocinado para mí y me había comprado flores, y hasta se había pegado una buenas caminatas por toda la ciudad para ayudarme a encontrar cualquier objeto absurdo que mi jefa, diseñadora de interiores, quisiera para uno de sus clientes.
Me hizo creer que lo que teníamos era real.
Por lo visto, ajeno a todas las señales de alarma que aparecieron por toda mi cara, Milo continuó:
—No podría estar más arrepentido por cómo sucedieron las cosas y he estado queriendo disculparme…
—¡Oh, vete al carajo! —grité, sin apenas notar el ligero movimiento que hicieron las personas en la fila, que se giraron para mirarnos—. Me mentiste a la cara todos los días durante semanas sobre tu estancia en Europa. Y después desapareciste sin decir nada. Y cuando por fin te confronté al respecto, optaste por decirme que fue culpa mía que me mintieras en primer lugar. Siempre me decías que era demasiado para ti, solo para hacerme sentir insignificante. Me tienes harta.
—Mariel —empezó, y solo por la forma en la que pronunció mi nombre, con ese tono tan paciente y resignado, hizo que algo dentro de mí se rompiera—. Tienes todo el derecho a…
—No —dije, tanteando mis cosas y empezando a meterlas de cualquier forma en mi bolso. Incluso mi muffin. Por suerte, no llegué tan lejos como para intentar hacer lo mismo con mi bebida, pero, ya sabes, estuve cerca—. No tienes derecho a sentirte como el chico bueno solo por tirarme tus disculpas a la cara cuando estuve deprimida durante semanas gracias a que fuiste un ser de lo más despreciable. Así que, sí. Vete al carajo con tu «No podría estar más arrepentido por cómo sucedieron las cosas», y ojalá siempre te sientas mal por cómo me trataste.
Mis palabras fueron recibidas por una ronda de aplausos que parecían provenir de toda la gente del café.
Había soñado despierta con un momento como este desde que lo pillé a él y a su novia, su verdadera novia, la cual claramente no era yo, besándose agarrados de la mano en la entrada de una exhibición de arte de la antigua Grecia. A la que solo fui porque estaba tan desesperadamente preocupada por Milo que seguía buscando algo que me lo recordara. Había pasado meses fantaseando con leerle la cartilla a la cara de la forma en la que no había sido capaz de hacerlo en ese entonces.
Y ahora que estaba ocurriendo de verdad, estaba horrorizada de sentir el ardor de las lágrimas en mis ojos.
Todavía estaba sentada, y Milo estaba ahí de pie a mi lado aparentando seriedad y valor como si esperara una medalla por dejarme gritarle en medio de un café abarrotado. Era ridículo e injusto que todavía lo conociera tan bien —sabía que no iba a insistir en la disculpa, pero tampoco iba a volver a su sitio. Iba a aguantar todo lo que le echara en cara, sintiéndose superior todo ese tiempo por dejarme montar mi pequeño berrinche.
Así que terminé de meter las cosas en el bolso, sin que me importara que el libro estuviera aplastando el muffin. Después me puse de pie con la intención de salir sin decir nada más.
Pero debí arrastrar la silla con demasiada fuerza, porque se volcó. Justo encima de la persona que empezaba a pasar con dificultad por detrás de mí, con dos portavasos llenos apilados uno sobre otro.
Si esto hubiera ocurrido en la comedia romántica que estaba escribiendo, los ocho vasos de café helado decorados con crema batida habrían salpicado a la mujer de la mesa de al lado, provocando una reacción en cadena que habría terminado con Milo recibiendo un pastelazo en la cara.
Por desgracia, esto era la vida real y la única que acabó cubierta de crema batida y café fui yo.
—Adiós, Milo —dije, intentando que el líquido frío que rodaba por mi escote no me quitara la poca dignidad que me quedaba—. Disfruta de la escuela de verano.
UN APARTAMENTO DESORDENADO EN MANHATTAN — DÍA
PASAMOS por encima de un sofá naranja iluminado por las luces de la mañana, revelando una colección de pañuelos arrugados y envases de helado vacíos, hasta alcanzar un par de manos garabateando MENTIROSO con un rotulador en la portada de una novela romántica, y después, lanzando dramáticamente el libro de bolsillo a través de la habitación. RETROCEDEMOS para ver la dueña de esas manos: una chica latina, en pijama y con una bata peludita, y el rímel corrido por debajo de los ojos, lo que evidencia toda una noche llorando. Esta es MARÍA, de 26 años.
MARÍA (en su móvil)
No más citas. Para siempre. Y te voy a contar exactamente por qué, ya que todo el mundo adora que los primeros diez minutos de una comedia romántica comiencen con una expliación.
Borré todo con un gemido de frustración, resistiendo el impulso de lanzar mi computadora portátil a través de la habitación como hizo María con la novela romántica. Está bien, eso fue horrible. Qué más daba, siempre podía volver a empezar. Tampoco ese era mi undécimo intento de escribir el inicio de mi guion de cine ni nada por el estilo.
Solté otro gemido, este con un dejo de pánico.
Dándole una patada a la ropa limpia apilada al pie de la cama, estiré las piernas y retiré el cojín en forma de flor que había estado apoyado en mi regazo, colocándome la portátil en las piernas. Fue un gran error, ya que la parte inferior de la portátil prácticamente me quemaba la piel de los muslos.
Obviamente, el problema no era mi guion de cine o el hecho que no lograba escribir una frase coherente. Era que en mi apartamento hacía demasiado calor. Todo lo que tenía que hacer para que las palabras fluyeran era mudarme a algún lugar con aire acondicionado. Y una golosina. ¿En qué había estado pensando, intentando escribir sin un pequeño incentivo para seguir adelante?
Como si hubiera escuchado el chisporroteo de la carne quemada desde Miami, mi móvil vibró con una llamada entrante de mi prima Yazmin.
—Sé exactamente lo que me vas a preguntar —le dije por teléfono—. Si el romance de regencia es tan popular como subgénero literario, ¿cómo no hay porno de regencia?
No estaba intentando desviar la atención de sus preguntas sobre mi guion de cine o la cita de anoche, que ni siquiera tuvo la oportunidad de fracasar estrepitosamente ya que fui ghosteada antes incluso de que empezara. Pero… Oh, ¿a quién quería engañar? Pues claro que estaba intentando distraerla. Y estaba funcionando.
Yaz se rio a carcajadas. Bajito. Quizás no tuviera reparos en estar hablando conmigo por teléfono mientras trabajaba, pero era una abogada recién graduada, y no daba la impresión de que le gustara que el asociado de segundo año sobrecargado de trabajo, con quien compartía su lujosa oficina, la mirara mal.
—No, de verdad, piénsalo. Un tipo en Fling haciendo cosplay vestido como un duque, el duque de Harding —añadí en un brote de inspiración—. Haciendo vídeos, ya sabes, con ropa de cuero ceñida y botas de húsar, que le dice a quien lo esté viendo lo mala institutriz que es.
Esta vez, su risa estalló en el auricular.
—Definitivamente vas a conseguir que me echen hoy. ¿Es Fling esa aplicación para lectores de romance de la que me habías hablado antes de que nos interrumpiera mi jefe?
—Sí. Tal vez debería encontrar a alguien con quien asociarme. Escribirles guiones técnicos o lo que sea.
—Dime la verdad, Mariel. ¿Estás tratando de evitar trabajar en tu guion? ¿Por qué no intentas escribir algunas palabras en vez de distraerte con… lo que sea que sea esto?
Cerrando mi portátil, solté una pedorreta al teléfono.
—Déjame tranquila. No necesito tu sabios consejos tan temprano por la mañana.
Yaz y yo fuimos criadas como hermanas cuando nuestras madres, que sí son hermanas, se mudaron juntas para ayudar en el cuidado de sus respectivas hijas. Ese debe de ser el por qué Yaz a menudo suena como una hermana mayor estresada cuando habla conmigo.
—Para empezar, ya es casi mediodía. Segundo, renunciaste a tu trabajo para terminar de escribir ese guion.
—Supuestamente —susurré, mi corazón culpable latiendo como hacía siempre que me enfrentaba cara a cara con el hecho de que le había mentido a Yaz, y a todo el mundo, sobre renunciar al trabajo cuando en realidad me habían despedido. Empujando mi portátil a un lado, me di prisa en quitarme los pantalones cortos del pijama y en ponerme un vestido, hablando principalmente para evitar que Yaz sintiera la culpabilidad en mi voz.
—No, realmente. Piensa en ello. ¿Sabes cuántos guiones porno podría hacer rápido en el tiempo que me lleva escribir una escena de mi guion de cine? En realidad, no es una mala idea. Me pregunto si es una categoría en Fiverr.
—Hablemos en serio. ¿Sabes cuántas personas renuncian a su trabajo para escribir un guion de cine y realmente triunfan?
No estaba equivocada. Cuando me encontré con Grace Hong, una de mis antiguas compañeras de la universidad, lo último que me esperaba era que recordara el guion que había escrito en la única clase en la que estuvimos juntas antes de que se valiera de su cortometraje premiado para conseguir un trabajo real en Hollywood. O que se ofreciera a conseguirme una reunión con un productor amigo suyo cuando ambos volvieran de pasar unas semanas en Los Angeles, después de enseñarle unas cuantas escenas que había escrito y decirle que estaba a punto de acabar el guion de cine. No era una mentira, solo una exageración.
La verdad era, que, aunque abría el documento cada tanto para añadir unas pocas líneas de diálogo a la comedia romántica que había comenzado mientras estudiaba, había pasado los siguientes cuatro años desde la graduación metida de lleno en hojas de cálculo, habiendo optado a último momento por ir por el camino práctico y especializándome en gestión de proyectos en vez de en cinematografía, como había planeado originalmente.
Esa fue la única decisión práctica que tomé en toda mi vida, y no estaba segura de haber hecho la elección correcta.
Reprimiendo un suspiro, alcé mi bolso, mis gafas de sol, y… Después de un momento de vacilación, dejé mi portátil encima de la cama. Puede que lo que realmente necesitara fuera un descanso. Irme por ahí unas horas y volver al guion de cine con una nueva perspectiva.
Aunque, seamos sinceros, lo que realmente necesitaba era seguir rellenando solicitudes. Ninguno de los doce trabajos que había solicitado desde que me despidieron había llevado a algo concreto, pero a estas alturas me conformaría con cualquier empleo que me permitiera pagar el alquiler a finales de verano cuando se me acabaran los ahorros.
—Empiezo a preocuparme, Mariel —continuó Yaz, sus pensamientos, como siempre, misteriosamente en sintonía con los míos—. Tus ahorros no van a durar para siempre.
La presión de todo eso me llenó de tanta ansiedad durante un par de segundos que me quedé sin aliento.
Hubo una pequeña pausa por parte de Yaz, como si pudiera sentir mi infarto inminente. Lo que ocurre con mi prima es que presenta una dura coraza, pero por dentro es tierna y cursi. En cuanto se diera cuenta de que estaba completamente perdida, iba a empezar a ofrecerme de todo, desde dinero para el alquiler hasta su sofá. Su prometida, Amal, ya estaba molesta por lo mucho que Yaz me había ayudado a lo largo de los años y, con su boda acercándose rápidamente, no podía pedirle a mi prima que me echara una mano de nuevo. Tampoco es que quisiera que ella lo hiciera, necesitaba superar esto por mí misma, aunque solo fuera para demostrarme que podía hacerlo.
No sé cómo lo hice, pero conseguí inhalar suficiente aire para forzar un tono más ligero en mi voz. Intenté sonar relajada, pero acabé pareciendo despreocupada.
—Eh, siempre hay tarjetas de crédito.
Me estremecí.
—No es una mala idea —me apresuré a añadir mientras cerraba la puerta de mi estudio tras de mí—, pero el porno es seguramente cinco millones de veces más lucrativo que las comedias románticas. Puede que ese sea el cambio de rumbo que…
—No más cambios de rumbo —dijo Yaz con firmeza—. Vas a terminar tu guion de cine y contactar a Grace a más tardar a finales de agosto. O voy a dejar de ser tu amiga.
Salí de mi edificio y giré hacia la Décima Avenida, usando elegantemente la manga de mi vestido de verano para limpiar las gotitas que perlaban sobre mi labio superior. No había mucho que pudiera hacer sobre mi pelo, que aumentaba en volumen al igual que el corazón del Grinch al final de la película. La ciudad de Nueva York es tan húmeda como una selva tropical de hormigón en verano, y ni siquiera el peluquero de Princesa por sorpresa podría evitar el encrespamiento de los rizos en mi cabeza. Al menos servía como un buen fondo para mis pendientes en forma de corazón, en los que había gastado demasiado, teniendo en cuenta que ya no estaba trabajando. El bolso colgado en mi hombro también tenía forma de corazón, porque si hay algo que debes saber sobre mí, es que nunca evito comprometerme con una temática.
—Eres mi prima —me burlé, satisfecha con lo normal que sonó mi voz después de un par de respiraciones—. Ser mi amiga forma parte del contrato.
—También soy una abogada corporativa con mucha experiencia en romper contratos —contraargumentó. Sí, en eso tenía razón.
Soltó un suspiro.
—Está bien, acabaré algo de trabajo hoy. Estoy literalmente entrando en una cafetería mientras hablamos.
Para tomarme un matcha frío y un muffin, pero no tenía que saber eso.
El paseo al café desde mi apartamento fue corto, pero me había convertido en un monstruo del pantano sudoroso cuando abrí la puerta y me puse en la fila. Afortunadamente, el pequeño local tenía aire acondicionado y había una mesa libre bajo una de las rendijas de ventilación, justo al lado del altavoz que estaba reproduciendo el último álbum de Lady Cerulean.
Déjame decirte algo, agarré esa mesa como si fuera la última Coca-Cola en el desierto. Coloqué mi bebida y mi muffin en su superficie y saqué una novela romántica de mi bolso, soñando despierta distraídamente con el duque de Harding. Prácticamente podía verlo en mi mente. Sería encantador y cortés, pero con un destello libertino en sus ojos que prometiera un momento de locura. Tendría el tipo de sonrisa que haría que te temblaran las piernas. Y antebrazos, definitivamente tendría unos antebrazos fuertes.
Estaba rebuscando en mi bolso —la forma de corazón era adorable, pero las cosas tendían a perderse en el fondo puntiagudo—, cuando alguien empujó mi silla tan bruscamente que mi libro salió volando de la mesa.
Esto era Nueva York, y una cafetería concurrida, para colmo, recibir empujones era normal. Ni siquiera habría mirado hacia arriba si la persona que había chocado conmigo no se hubiera inclinado al mismo tiempo que yo para recoger mi libro.
Lo agarró antes y me lo tendió. Lo tomé, con una sonrisa lista… que se marchitó de repente cuando vi su cara.
Milo todavía llevaba las camisas abotonadas y los corbatines que siempre pensé que lo hacían parecer un adorable profesor de matemáticas de tercero de primaria. Esa fue una de las cosas que me llamó la atención de él cuando lo conocí. Mientras mi mirada lo inspeccionaba, hambrienta como si no lo hubiera visto en años en vez de tan solo unos meses, noté docenas de otras pequeñas cosas que hacían que se me encogiera el corazón en el pecho.
Como el pelo ligeramente despeinado por el que me encantaba pasar los dedos. Y el oscuro bronceado alrededor del puente de la nariz, y las gafas de montura dorada asomando por el bolsillo de su camisa. Esa pequeña peca justo donde sus ojos se arrugaban cuando se reía. La mancha de tinta en el pálido puño azul que evidenciaba su colección de plumas.
En los meses transcurridos desde nuestra ruptura, casi me había convencido a mí misma de que la próxima vez que lo viera se vería demacrado y afligido, con oscuras ojeras bajo los ojos y la comprensión de que la vida sin mí no tenía sentido escrita en la cara. ¿Cómo era posible que se viera igual que siempre, cuando yo me sentía como si me hubieran exprimido hasta dejarme hecha un desastre por dentro y por fuera?
—Mariel. —Mi nombre salió de su boca como si estuviera igual de sorprendido que yo.
—Milo, hola. ¿Qué…? —Me aclaré la garganta—. ¿Qué te trae por el barrio?
—Tengo una reunión en ese edificio —dijo, gesticulando vagamente hacia el gran panel de vidrio que nos separaba de la acera. O, supongo, señalando hacia uno de los edificios al otro lado de la calle.
Aunque realmente no importaba, ya que acababa de cegarme el reflejo de su alianza de bodas, un breve reflejo de luz que se sintió como si un filo helado me atravesara por dentro.
A mi favor diré que no hiperventilé. Sobre todo porque parecía que no podía recuperar el aliento.
—Tengo una pausa entre clases —continuó Milo.
—¿Clases? —repetí, agarrando el libro de bolsillo con todas mis fuerzas.
—Estoy en el programa de doctorado en Columbia.
—Oh, eso es… Qué bueno, felicidades. —Mi sonrisa no podría haber sido tan tensa ni aunque me hubiera dado un calambre en la mejilla.
—Ahora estoy en un curso intensivo de verano —me dijo, sin el más mínimo signo de incomodidad—. ¿Recuerdas ese curso de estética bizantina del que solía hablar?
Pues claro. Milo había terminado su máster de Estudios Clásicos la primavera anterior. No podría contar el número de veces que lo había escuchado preocuparse por sus solicitudes de doctorado o hablar con entusiasmo de ese curso que impartía el profesor del que quería ser asistente.
—Sí, claro —respondí, tratando de fingir entusiasmo, pero fracasando estrepitosamente—. Oh, guau, es genial que entraras. Me alegro por ti.
En ese momento de mi vida había renunciado a la idea de que aún podía ser una indiferente, calmada y serena reina del hielo. Aunque, ¿de verdad tenía que balbucear?
Milo puso una mano en la mesa. La mano con la alianza de bodas, por supuesto.
—Escucha, Mariel, hay algo que quiero decirte.
Esa breve frase fue todo lo que necesité para que se me cayera el alma a los pies. Seguramente me habría levantado y habría huido si no me hubiera sentido acorralada por gente sobre estimulada de cafeína por todos lados. Levanté la mano con tanto énfasis que, si hubiera estado dirigiendo el tráfico, los carros se habrían detenido a mi alrededor.
Milo no. Pensarías que a alguien tan inteligente le resultaría imposible ser completamente ajeno al pánico que mostraba de repente la cara de su ex. No quería oír hablar de su matrimonio. O de su mujer. O que seguramente estaban viviendo en perfecta armonía.
Se estaba apartando el pelo de la frente y acercándose todavía más.
—Sé que no acabamos bien, y sé que es por mi culpa.
El eufemismo del siglo, considerando que la razón por la que ya no estábamos juntos era porque el otoño pasado fingió haberse mudado a Grecia para trabajar en una excavación cuando había estado desde el principio en Jersey City con otra mujer. No solo eso; dejó de contestarme durante semanas, ignorando cada uno de mis mensajes y llamadas, por lo que perdí tanto el control que Yaz tuvo que convencerme para no reservar un vuelo a Atenas porque yo estaba segura de que le había ocurrido algo horrible. Y que bueno que lo hizo, porque no iba a ser capaz de encontrarlo si hubiese ido, dado que no tenía ninguna dirección suya… y, además, no estaba allí.
No era la primera vez que alguien desaparecía de mi vida sin decir nada, pero lo que Milo había hecho fue mucho peor. Había hecho planes para el futuro, sabiendo todo el tiempo que estaba con alguien más. Había cocinado para mí y me había comprado flores, y hasta se había pegado una buenas caminatas por toda la ciudad para ayudarme a encontrar cualquier objeto absurdo que mi jefa, diseñadora de interiores, quisiera para uno de sus clientes.
Me hizo creer que lo que teníamos era real.
Por lo visto, ajeno a todas las señales de alarma que aparecieron por toda mi cara, Milo continuó:
—No podría estar más arrepentido por cómo sucedieron las cosas y he estado queriendo disculparme…
—¡Oh, vete al carajo! —grité, sin apenas notar el ligero movimiento que hicieron las personas en la fila, que se giraron para mirarnos—. Me mentiste a la cara todos los días durante semanas sobre tu estancia en Europa. Y después desapareciste sin decir nada. Y cuando por fin te confronté al respecto, optaste por decirme que fue culpa mía que me mintieras en primer lugar. Siempre me decías que era demasiado para ti, solo para hacerme sentir insignificante. Me tienes harta.
—Mariel —empezó, y solo por la forma en la que pronunció mi nombre, con ese tono tan paciente y resignado, hizo que algo dentro de mí se rompiera—. Tienes todo el derecho a…
—No —dije, tanteando mis cosas y empezando a meterlas de cualquier forma en mi bolso. Incluso mi muffin. Por suerte, no llegué tan lejos como para intentar hacer lo mismo con mi bebida, pero, ya sabes, estuve cerca—. No tienes derecho a sentirte como el chico bueno solo por tirarme tus disculpas a la cara cuando estuve deprimida durante semanas gracias a que fuiste un ser de lo más despreciable. Así que, sí. Vete al carajo con tu «No podría estar más arrepentido por cómo sucedieron las cosas», y ojalá siempre te sientas mal por cómo me trataste.
Mis palabras fueron recibidas por una ronda de aplausos que parecían provenir de toda la gente del café.
Había soñado despierta con un momento como este desde que lo pillé a él y a su novia, su verdadera novia, la cual claramente no era yo, besándose agarrados de la mano en la entrada de una exhibición de arte de la antigua Grecia. A la que solo fui porque estaba tan desesperadamente preocupada por Milo que seguía buscando algo que me lo recordara. Había pasado meses fantaseando con leerle la cartilla a la cara de la forma en la que no había sido capaz de hacerlo en ese entonces.
Y ahora que estaba ocurriendo de verdad, estaba horrorizada de sentir el ardor de las lágrimas en mis ojos.
Todavía estaba sentada, y Milo estaba ahí de pie a mi lado aparentando seriedad y valor como si esperara una medalla por dejarme gritarle en medio de un café abarrotado. Era ridículo e injusto que todavía lo conociera tan bien —sabía que no iba a insistir en la disculpa, pero tampoco iba a volver a su sitio. Iba a aguantar todo lo que le echara en cara, sintiéndose superior todo ese tiempo por dejarme montar mi pequeño berrinche.
Así que terminé de meter las cosas en el bolso, sin que me importara que el libro estuviera aplastando el muffin. Después me puse de pie con la intención de salir sin decir nada más.
Pero debí arrastrar la silla con demasiada fuerza, porque se volcó. Justo encima de la persona que empezaba a pasar con dificultad por detrás de mí, con dos portavasos llenos apilados uno sobre otro.
Si esto hubiera ocurrido en la comedia romántica que estaba escribiendo, los ocho vasos de café helado decorados con crema batida habrían salpicado a la mujer de la mesa de al lado, provocando una reacción en cadena que habría terminado con Milo recibiendo un pastelazo en la cara.
Por desgracia, esto era la vida real y la única que acabó cubierta de crema batida y café fui yo.
—Adiós, Milo —dije, intentando que el líquido frío que rodaba por mi escote no me quitara la poca dignidad que me quedaba—. Disfruta de la escuela de verano.
Product Details
- Publisher: Atria/Primero Sueno Press (February 10, 2026)
- Length: 320 pages
- ISBN13: 9781668098080
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