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Es mi turno (My Time to Speak Spanish edition)

Un viaje en busca de mi voz y mis raíces

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Las memorias inspiradoras, pertinentes y provocadoras de Ilia Calderón—la primera presentadora afrolatina en un noticiario hispano de preeminencia en los Estados Unidos—acerca de seguir sus sueños, superar prejuicios y acoger su identidad.

De niña, Ilia Calderón se sentía como una típica niña colombiana. En el Chocó, la provincia afrolatina donde se crio, tu piel podría ser de cualquier tono y aún serías considerado familia. Pero cuando dejó su comunidad para asistir a la escuela secundaria y la universidad en Medellín, todo cambió.

A partir de ese momento, resolvió volverse “sorda” al racismo, decidida a superar el prejuicio, incluso cuando le repetían que los trabajos prominentes de presentador de noticias no eran para ella.

Cuando un giro del destino le presentó una oportunidad única en la cadena noticiera Telemundo en Miami, estaba emocionada de comenzar una nueva vida —e identidad— en los Estados Unidos, donde las fronteras raciales, creía, se habían disuelto hace mucho tiempo y la igualdad era la regla. Sin embargo, se enfrentó a otro tipo de discriminación racial como una mujer inmigrante de color que le hablaba en español a la comunidad latinx cada vez más marginada.

En los últimos nueve años, Ilia ha reportado desde la primera línea de eventos históricos como el huracán Katrina, los terremotos en México, las elecciones presidenciales de los Estados Unidos de 2016 y la crisis pandémica del COVID-19. Ahora, Ilia corre el telón de los altibajos de su extraordinaria vida y carrera. Desde luchas internas personales hasta problemas profesionales analiza cómo construyó su identidad en medio de la violencia con carga de motivos raciales y la polarización política. Sobre la marcha, ella muestra cómo ha superado el miedo y enfrentado el odio de cara a cara, todo en nombre de crear un mundo mejor para su joven hija, Anna.

Prólogo: Ante los ojos del odio PRÓLOGO Ante los ojos del odio
Toda mi atención se concentraba en su rostro. Es lo que recuerdo con mejor claridad a más de dos años de nuestro encuentro. Ese rostro que se había enrojecido de furia solo con verme y continuaba alterado, indignado. Los orificios de su nariz se le dilataban con la respiración agitada que intentaba controlar sin mucho éxito. Me respondía rápido, sudoroso, prendido como una mecha, sin dejar hablar a nadie. Y de pronto, lo escuché de sus labios:

—Te vamos a quemar.

Estábamos en medio de la nada, en una zona rural, remota, y en propiedad ajena. Nuestros celulares no tenían cobertura, y el sol comenzaba a caer rápido entre los enormes árboles que nos rodeaban. Árboles que parecían recordarnos que no sería fácil salir de ese claro del bosque si nuestros anfitriones no nos lo permitían. El olor a repelente de mosquitos de mis brazos se mezclaba con el de whisky y cigarrillo procedente de la boca de mi interlocutor, mientras la conversación, por momentos, se acaloraba más y más.

—¿Me va a correr de aquí? —acerté a preguntar, recordando las antorchas y la cruz que yacían en la tierra, a varios metros de nosotros.

—No, te vamos a quemar —repitió sin dudar, sin pestañear.

—¿Me va a quemar? ¿Cómo lo va a hacer? —lo corté, entre indignada y asustada.

—No importa cómo, lo dijo Dios —disparó, observando desafiante y con desagrado cada uno de los rasgos de mi cara.

Mi nariz, mis labios, mis pómulos, mi cabello. Aunque por mis venas corren mil y una herencias, todo en mí grita “negra”, y mis raíces africanas son incuestionables.

No hay duda: yo, Ilia Calderón Chamat, soy negra. Colombiana, latina, hispana, afrocolombiana, mezclada y todo lo que quieran llamarme o yo prefiera denominarme, pero negra. Con un apellido castellano-judío y otro árabe-sirio, pero simplemente negra a ojos del mundo. Y él, mi furioso interlocutor en ese remoto y desolado paraje de Carolina del Norte, era Chris Barker, el dirigente máximo de la orden de los Leales caballeros blancos del Ku Klux Klan. El mago imperial de esta rama supremacista blanca que se ha propuesto “volver a convertir Estados Unidos en nación blanca y cristiana, fundada en la palabra de Dios”.

—No quiere decir que lo hará físicamente… —Su esposa intentó suavizar la tensión.

—Sí, físicamente sí lo haremos —la corrigió veloz, y regresó su mirada y sus palabras afiladas hacia mí—. Estás en mi propiedad ahora.

En efecto, estaba en su propiedad, rodeada de su gente, y en una discusión que ya no tenía marcha atrás. El sol ya se había ocultado por completo. La noche se comía el espacio a nuestro alrededor. Las únicas luces eran las de nuestras cámaras, que apuntaban al hombre que me decía con total frialdad, y con todas las sílabas, que “me iba a quemar”.

Sentí miedo, no lo voy a negar. Miedo como nunca. Miedo a que mi suerte ya estuviera escrita. Miedo a no volver a ver a Anna, a Gene, a mi familia. Y miedo a que tantas preguntas que siempre tuve se quedaran esa noche sin contestar.

Mejor me callo; mejor no le pregunto nada más y que su ira no escale, pensé por una milésima de segundo. Sí, el silencio, el sigilo, el mutismo que nos hace invisibles… como hemos hecho por los siglos de los siglos para sobrevivir, y que siempre nos ha funcionado… sí, como aprendí desde pequeña, como nos aconsejaron en la iglesia y en la escuela… callar, caminar de puntitas… ¿O no? ¿O mejor no me callo? Mi cabeza daba vueltas a velocidad vertiginosa. ¿Mejor le contesto y le digo que es un monstruo, que es un loco, que está enfermo, que está equivocado, que nadie me amenaza de esa manera? ¿Que yo soy un ser humano como él y no tiene derecho a hablarme así?

Con tanta emoción y confusión mi mente colapsó, sentada frente al odio hecho persona, y a merced de ese odio al cual siempre quise mirar directamente a los ojos, con la esperanza de encontrar tantas otras respuestas que buscaba desde niña: ¿Por qué nos rechazan? ¿Por qué el color de la piel nos define? ¿De dónde nace ese odio? ¿Qué nos une a los seres humanos y qué es lo que tanto nos separa, hasta el punto de repudiarnos de tal modo? Y, la pregunta más apremiante: ¿Cómo había llegado yo hasta aquí, y cómo iba a salir de esta… callando, como siempre, o confrontando?

Porque el silencio tiene un precio. Y, aunque yo lo ignoré durante casi toda mi vida, el silencio, como el odio, el amor, el miedo y el valor, también tiene color.
© Univision

Ilia Calderón is an Emmy Award–winning journalist, the coanchor of Univision’s flagship evening newscast Noticiero Univision, and cohost of Univision’s primetime news magazine Aquí y Ahora. She is the first Afro-Latina to anchor a national weekday evening newscast for a major Hispanic broadcast network in the United States, having previously coanchored three other news desks for Univision and two for Telemundo. She currently resides in Miami, Florida, with her husband and daughter.

“Este es el libro de una súper mujer. Lo hace todo, desde madre hasta periodista, y existen muy pocas historias de superación que se acerquen siquiera a la de Ilia. Ponle un reto y lo supera. Y no sé cómo todo lo hace sonriendo, como si fuera lo más normal. Qué suerte la mía de trabajar con ella y ser testigo de esta mujer cambiando al mundo.”

– Jorge Ramos, presentador principal de Noticiero Univision

“Esta es la historia de una niñita que creció con grandes carencias en una humilde casa de madera que se inundaba cada vez que el río crecía, y que aprendió a luchar y prepararse para llegar a ser la primera afrolatina en conducir el noticiero más importante en la televisión en español de los EE. UU. La lección que Ilia Calderón aquí nos enseña es clara: ¡todo se puede!”

– María Antonieta Collins, autora de bestsellers y corresponsal principal de Noticiero Univision

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