La búsqueda de un sueño (A Dream Called Home Spanish edition)

Una autobiografía

(Part of Atria Espanol)
LIST PRICE $22.00

About The Book

La extraordinaria historia de Reyna Grande—que comenzó en su exitosa autobiografía La distancia entre nosotros—continúa ahora en esta fabulosa travesía para encontrar su lugar en los Estados Unidos como universitaria latina de primera generación y como escritora.

Reyna Grande tenía nueve años cuando cruzó la frontera de México y los Estados Unidos buscando un hogar y el reencuentro con sus padres, quienes la habían dejado en su tierra natal para migrar a Los Ángeles en busca de una mejor vida. Sin embargo, lo que encontró fue a una madre indiferente y a un padre alcohólico y violento, en un país cuyo sistema educativo menospreciaba sus raíces.

Reyna se refugió en las palabras. Su amor por la lectura y la escritura fueron su inspiración para salir adelante y lograr lo que parecía imposible: ser la primera persona en su familia en asistir a la universidad. Pero la experiencia universitaria resultó intimidante, y muy pronto descubrió que desconocía lo que se requiere para forjar una carrera a partir de un sueño.

Contra viento y marea, Reyna convirtió su condición de inmigrante indocumentada en la de “una escritora valiente, inteligente y brillante” (Cheryl Strayed, autora de Wild) que “habla por millones de inmigrantes cuyas voces no han sido escuchadas” (Sandra Cisneros, autora de La casa en Mango Street). Narrada con esa prosa conmovedora y sincera que la caracteriza, en La búsqueda de un sueño Reyna Grande nos relata cómo persiguió sus sueños para construir lo que siempre había anhelado: un hogar duradero.

Excerpt

La búsqueda de un sueño 6

Mago, Reyna y Betty

HABÍA ESTADO TAN concentrada en sobrevivir a mi primer cuatrimestre en la UCSC, que no extrañé a mi familia como cuando llegué dos meses atrás. Hablé dos veces con Mago y con Carlos, pero ninguna con mi padre ni con mi madre. En un momento de debilidad, una vez fui al teléfono público y levanté la bocina para llamar a mi papá. Estaba desesperada por oír su voz y por escucharlo decir: “Chata”, como le gustaba decirme. Pero no marqué el número. Apreté las monedas que llevaba en la mano y oí el tono para llamar, hasta que el teléfono comenzó a chirriar como un gallo agonizante. Colgué.

Sabía que debía llamar a mi madre. Justo antes de que me fuera a Santa Cruz, envió a México a mi hermana de quince años para castigarla por su comportamiento. Desde tiempo atrás, Betty se había ido por mal camino: se involucró con pandillas, tuvo sexo sin protección, robó el dinero de la renta, faltaba a clases y, la gota que derramó el vaso, abandonó la preparatoria.

Mi madre dijo que mandó a Betty a México porque si ella ya no quería una educación escolar, entonces iba a recibir otro tipo de enseñanza: aprendería a ser mujer. Mi tía le enseñaría a mi hermana menor a cocinar, limpiar y a obedecer a su futuro marido, quienquiera que éste fuera; justo el tipo de crianza que mi abuela, mi madre y mis tías tuvieron en nuestra ciudad natal.

Me enteré de los planes de mi madre cuando ya era demasiado tarde. Cuando lo supe, mi hermana ya viajaba en el avión rumbo a México. “Ya no puedo con ella”, me respondió mi madre, cuando le dije que era lo más irresponsable que había hecho. Su decisión reforzó lo que pensaba de ella, que nació sin el gen materno. O por lo menos en lo que se refería a sus cuatro hijos mayores, porque a mi medio hermano menor lo consentía y le cumplía todos sus gustos.

Me avergonzó darme cuenta de que no le había prestado mucha atención a Betty desde que me fui a Santa Cruz. Debí haberlo hecho. Así como mi padre me excluyó de su vida, mi hermana fue desterrada de la de mi madre, aunque por motivos opuestos. En mi caso, no había hecho más que tratar de enorgullecer a mi padre y de ayudarlo cuando lo necesitaba. En cambio, Betty no hacía más que portarse mal, haciéndole la vida miserable a mi mamá, pero tenía sus motivos. Sólo reaccionaba al abuso físico y emocional que recibía de mi madre en la única forma que conocía: rebelándose. En ese proceso no solamente perjudicaba a mi mamá, sino que también se lastimaba a ella misma.

Levanté el teléfono y llamé a mi madre para ver cómo le estaba yendo a mi hermana en el exilio. Mi familia en México no tenía teléfono, lo que implicaba que tendría que contactar a la vecina de mi abuelita para poder hablar con Betty. Además, yo no tenía suficiente dinero para hacer llamadas internacionales.

—Está volviendo loca a tu tía —fue lo primero que dijo mi madre—. Anda haciendo de las suyas y tu tía ya no la puede controlar.

—Pues para empezar, no debiste mandarla para allá —respondí—. Ella es tu responsabilidad, no la de mi tía. ¿Por qué siempre quieres que otras personas se encarguen de tus hijos? —Fue un golpe bajo y lo sabía, pero cada vez que hablaba con mi madre salía a relucir el dolor de las tantas veces que me abandonó, así que me vengué.

Ella, como de costumbre, me ignoró.

—Tu hermana se anda metiendo con un hombre casado. ¿Me escuchas? Tiene quince años y su reputación ya está por los suelos.

En ese momento no tuve nada que decir. Un año antes, Betty me pidió que la llevara a la clínica para que le hicieran una prueba de embarazo. Apenas tenía catorce años. Mientras esperábamos a que nos dieran los resultados, recé con todas mis fuerzas para que salieran negativos y, para nuestro alivio, así fue. El embarazo le habría arruinado la vida. Pero ahora ahí estaba de nuevo, poniendo en riesgo su futuro. No me podía quedar cruzada de brazos y dejar que eso ocurriera.

—Iré a verla —contesté—. Voy a Iguala.

De regreso a mi apartamento caí en la cuenta de que había un gran problema con lo que acaba de prometer: no tenía dinero para viajar a México. Sin embargo, algo me decía que debía hacerlo. Me preocupaba mi hermanita, y estuve pensando y pensando para ver cómo podría reunir el dinero. Me detuve a medio camino del puente peatonal y levanté la mirada hacia las secuoyas. Recé en silencio, a pesar de que había dejado de ser una persona religiosa. Cuando mis hermanos y yo llegamos a los Estados Unidos, no nos tomó mucho tiempo perder nuestra religión y olvidar las enseñanzas de nuestra dulce abuelita materna, Chinta. Cuando le pedíamos a nuestro padre que nos llevara a la iglesia, se negaba, alzando su cerveza para proclamar: “Éste es mi Dios”. Esa actitud hizo que rápidamente desapareciera nuestra fe católica.

Ahora me consideraba atea, pero al verme rodeada por semejante esplendor natural como el que había en Santa Cruz, por aquellos árboles que parecían estar a punto de tocar el cielo, no podía sino querer creer en un ser superior. ¿Un dios? ¿Una diosa? ¿En la Madre Tierra? ¿En Tonantzin, la divina madre de los aztecas?

Uno de ellos escuchó mis plegarias. Al día siguiente, luego de recoger mi correspondencia, pasé por la oficina de Kresge College y vi un folleto que anunciaba una beca de 500 dólares que Kresge ofrecía a los estudiantes para hacer un trabajo de investigación. ¡Era la solución perfecta! A toda prisa regresé a mi apartamento, llené la solicitud y escribí una carta en la que explicaba que necesitaba viajar a México porque la colección de cuentos que estaba escribiendo lo requería. Claro que eso no era verdad. No existía dicha colección y me avergonzó estar mintiendo, pero era la única solución que se me ocurría. En la solicitud señalé que necesitaba los fondos para investigar acerca de la ciudad y la gente sobre la que estaba escribiendo.

Semanas después me enteré de que estaba en mi destino ir a ver a mi hermana, pues me llegó la carta en la que Kresge informaba que me habían becado.

Esa sería la segunda vez que visitaba mi país natal desde que me fui a los nueve años. El primer viaje tuvo lugar tres años antes, cuando aún estaba en la preparatoria y acompañé a Mago y a mi madre. Fue precisamente en esa visita que me di cuenta de que había dejado de ser lo suficientemente mexicana. Todos me trataron como forastera, como si hubiese dejado de ser una de ellos, como si México ya no fuera mi hogar.



En cuanto llegaron las vacaciones de invierno, me dirigí al sur. Mi avión aterrizó en la Ciudad de México a las siete de la mañana y enseguida emprendí el recorrido de tres horas rumbo a mi ciudad natal. Al tomar el taxi que me llevó del aeropuerto a la estación de autobuses, bajé la ventanilla y respiré el olor de la urbe, que era una mezcla de humo de motores diésel, orines y tortillas de maíz.

—No eres de aquí, ¿verdad? —me preguntó el taxista. Se me fue el aire y sentí que el suelo se hundía bajo mis pies, pues imaginé lo peor. Quizá el hombre supuso que yo era estadounidense y me iba a secuestrar.

—Chale, claro que sí —respondí, tratando de hablar en español como una verdadera mexicana. Pero el hombre negó con la cabeza y sonrió.

—No es cierto. Se oye lo americano en tu voz —comentó.

Por suerte llegué a la estación a salvo, donde esperé a que fuera hora de abordar el autobús. Mientras viajaba rumbo al sur, pensé en mi madre. Cada vez que hablaba con ella, no lograba controlar la ira que hervía dentro de mí.

Aún después de todos estos años, seguía sintiendo el golpe demoledor de su abandono.

Tenía cuatro años la primera vez que se fue. Nos dejó a mí, a Mago y a Carlos para reunirse con mi padre en El Otro Lado. Durante muchos años me fue imposible entender por qué eligió dejar a sus hijos para ir a encontrarse con él, simplemente porque él quería que lo acompañara. ¿Por qué tenía que obedecerle? ¿Por qué no se negó y se quedó con sus hijos? Sólo después comprendí que mi madre no quería ser una mujer abandonada. En Iguala, había mujeres cuyos maridos se marcharon al norte desde mucho tiempo atrás y las olvidaron por completo. Qué felicidad y orgullo sintió mi mamá cuando él llamó para decirle “Te necesito aquí. Quiero que vengas”.

Sin más, ella empacó las maletas y dejó a sus hijos en casa de la suegra, acatando los deseos de mi padre. La vimos partir mientras nos preguntábamos si algún día volveríamos a verla. Después entramos a casa de la abuela Evila, donde tuvimos que soportar dos años y medio en el infierno.

Lo irónico fue que mi madre partió rumbo a los Estados Unidos para salvar su matrimonio y, sin embargo, mi padre terminó dejándola por otra mujer. Mila era asistente de enfermera, una mexicana que se hizo ciudadana estadounidense y hablaba fluidamente el inglés; la mujer era todo lo que mi mamá no era. Cuando mi madre regresó a México con mi hermanita Betty, fue uno de los días más felices de mi vida. Pero poco después huyó a Acapulco con un luchador y nos volvió a abandonar. Mi abuelita materna hizo su mayor esfuerzo por aliviar el dolor que nos causaba la ausencia de mi madre. Pero no importaba lo mucho que abuelita Chinta nos amara, no era suficiente.

Cuando mi padre regresó a México a buscarnos, mi mamá no quizo que Betty viniera con nosotros y nos fuimos sin ella, siguiéndolo a él para buscar una vida mejor en El Otro Lado. Jamás he podido superar la culpa de haber dejado a Betty, aunque no fue mi decisión.

A pesar de que mi madre, y luego Betty, se mudaron a Los Ángeles pocos años después, y de que ahora todos estábamos del mismo lado de la frontera, ya para entonces mi familia se había desintegrado por completo.



Me dormí durante las tres horas que duró el viaje y desperté justo cuando el autobús se desplazaba por el borde de las montañas, donde parecía que a mi tierra la mecían unas manos ahuecadas. Me asomé por la ventanilla y contuve la respiración, esperando ver el primer indicio de mi ciudad en la lejanía del valle.

Iguala de la Independencia es una ciudad de aproximadamente 110.000 habitantes. La primera bandera mexicana se elaboró aquí en 1824. El tratado que dio fin a la guerra de Independencia se redactó en este lugar y el himno nacional también se cantó por primera vez acá. A pesar de la riqueza de su historia, Iguala es una ciudad donde el setenta por ciento de la población vive en la pobreza. En los años siguientes la situación sólo empeoraría; un día, la montaña por la que viajaba mi autobús se llenaría de campos de amapola para abastecer al mercado de heroína de los Estados Unidos. Iguala se convertiría en un centro de distribución, donde los autobuses saldrían de la estación cargados de drogas rumbo a ciudades como Chicago y Los Ángeles. En 2014, la ciudad quedó marcada por la infamia cuando la policía —que trabajaba en complicidad con un cartel del narcotráfico— atacó a cuarenta y tres estudiantes y los volvió víctimas de desaparición forzada. Durante la búsqueda de estos estudiantes desaparecidos, numerosas fosas clandestinas fueron descubiertas cerca de donde crecí.

Pero esas cosas aún no sucedían. Cuando llegué a Iguala, en diciembre de 1996, lo único que vi fueron chozas, caminos de tierra, casas deterioradas y basura; en suma, la agobiante pobreza de la que mi padre me rescató. De niña era capaz de ver más allá de la miseria y encontrar la belleza de mi ciudad natal, pero ahora, luego de tantos años de vivir en los Estados Unidos, ya no podía hacerlo.

Pedí un taxi en la estación de autobuses. De inmediato, el conductor señaló:

—No eres de aquí, ¿verdad? —Pensé decirle que ni siquiera había abierto la boca, entonces, ¿por qué diablos me decía eso?—. Es que te pusiste el cinturón de seguridad —dijo con una sonrisa, anticipándose a mi pregunta.

Y me reí.

El camino donde vivía mi abuelita no estaba pavimentado, por eso los taxis y autobuses no se aventuraban a llegar hasta allí. Me bajé en la carretera principal y caminé rumbo a su casa, arrastrando la maleta tras de mí. Aspiré el humo que emanaba de la quemazón que hacían en los basureros dispersos a lo largo de las vías del tren. Los servicios de saneamiento urbano no existían en Iguala, así que la gente quemaba sus desperdicios a diario. Pasé por el canal en el que mis hermanos y yo nadábamos de niños y me sorprendió verlo lleno de basura, de llantas viejas cubiertas de lodo, de muebles deshechos, de los despojos de un antiguo colchón. El agua estancada olía peor que un animal muerto, así que contuve el aliento mientras me apresuraba a cruzar al otro lado. Mi abuelita Chinta vivía en una choza construida con varas de carrizo y cartón. Cuando viví aquí, era la única choza de la calle, pero ahora había dos. Mi tía Güera había construido la suya al lado.

Me paré frente a la casita de mi abuela y eché un vistazo al camino de tierra, al vagón de carga abandonado en las vías del tren, oxidándose bajo el sol, a los montones de basura quemada, a los niños que andaban descalzos, con los pies y piernas cubiertos de polvo.

Estaba muy lejos de Santa Cruz, California.
La búsqueda de un sueño 7

Abuelita Chinta

EN LA CASA de mi abuelita, la puerta estaba abierta, así que me asomé y la vi sentada ante la mesa del comedor con una tabla de cortar en su regazo, donde rebanaba jitomate, cebolla y un chile jalapeño. No la había visto en tres años, pero para mí se veía idéntica. Como de costumbre, llevaba su cabello gris rizado amarrado en forma de colita, traía un vestido floreado que le llegaba por debajo de la rodilla y calzaba unas sandalias negras.

—Abuelita, ya llegué —le dije al entrar.

Cuando me sonrió noté que, desde la última vez que la vi, se le había caído otro diente. Abracé a mi pequeña abuelita y aspiré su aroma a aceite de almendras y hierbas.

—Gracias a Dios que llegaste bien —respondió, estrechándome con fuerza. Miró hacia su altar, donde una vela ardía junto a la imagen de la Virgen de Guadalupe, y se persignó para agradecerle a Dios que había llegado bien—. El viaje puede ser peligroso para una muchacha que anda sola.

—Sí, abuelita. Pero tuve cuidado —me senté con ella a la mesita y la vi terminar de cortar las verduras—. ¿Qué está preparando, abuelita?

—Un taco. ¿Quieres uno? —se levantó para calentar las tortillas en la estufa, mientras yo miraba alrededor para ver dónde estaba la carne. No había ninguna cazuela en el fuego, y la única comida eran las verduras cortadas. Tampoco tenía frijoles o arroz.

La choza lucía exactamente igual que cuando viví aquí con ella y mis hermanos. Era una habitación grande sin paredes internas. La cama de mi abuela, la estufa y su altar estaban cerca de la puerta; en medio se encontraba la mesa del comedor; al fondo estaba la hamaca donde dormía mi tío Crece. La cama que perteneció a mis padres continuaba aquí, arrumbada en una esquina. En una jaula que colgaba de una viga del techo dormían dos palomas blancas. Los rayos de luz se filtraban entre las varas de carrizo. El calor del sol que irradiaba del techo de láminas metálicas me adormilaba, y me hizo bostezar.

Mi abuelita repartió las tortillas calientes en dos platos y las llenó con los trozos de jitomate, cebolla y jalapeño. Me dio un plato y se disculpó por lo modesta de la comida.

—Ya van varias semanas que tu tío Crece no ha tenido mucho trabajo —comentó—. Y ya se terminó el poco dinero que me manda tu mamá.

Tomé el plato que ella me dio y miré el taco. En Santa Cruz conocí por primera vez a los vegetarianos y veganos, y quedé sorprendida de que pudiera existir semejante cosa. ¿Qué diría mi abuelita si le dijera que en los Estados Unidos la gente elige comer como ella lo hacía ahora, en especial los niños ricos que creían que ser vegano era genial y que comprar en las tiendas de segunda mano, como yo lo hacía, era un capricho y no una necesidad? Allá, me daban ganas de decirle, comer un taco de jitomate era una elección, una preferencia personal, no un acto de supervivencia que te imponían la pobreza y un sistema corrupto y opresivo.

Como si me leyera el pensamiento, me dijo:

—M’ija, siempre debemos agradecer lo que Dios nos da.

Quise decirle que Dios estaba dando casi nada. O que tal vez Él era vegano e intentaba que mi abuelita también lo fuera. Sí, mis pensamientos eran muy cínicos, aunque entendía bastante bien lo que mi abuelita me estaba diciendo; en ocasiones, hasta las verduras son difíciles de conseguir y uno debe estar agradecido cuando las obtiene. Cuando vivía aquí con ella, hubo veces en que lo único que teníamos para comer eran tortillas con sal. Como estudiante universitaria, me costaba arreglármelas y aún no estaba en condiciones de ayudar a mantener a mi abuelita. Pero me hice la promesa de que un día, cuando mi título universitario me permitiera ganar dinero, la ayudaría y la cuidaría como alguna vez ella lo hizo conmigo.

Le dio una mordida a su taco y yo al mío; el jugo del jitomate se escurrió en mi mano y lo lamí porque tampoco había servilletas.

—¿Cómo te va en El Otro Lado? —me preguntó mi abuelita, lamiéndose también los dedos—. Tu mamá me contó que ya estás en la universidad.

Asentí con la cabeza y le conté, entusiasmada, acerca de Santa Cruz, sobre las secuoyas, los venados, la bahía, el malecón, el perfume del aire —que era una mezcla de hojas, tierra, brisa salada del océano y esperanza—. ¡Qué no daría por poder llevarla allá! Me imaginé caminando por aquel precioso lugar de la mano de mi abuelita, señalándole una babosa grande y amarilla que se arrastraba por la corteza color canela de las secuoyas y arrancando las hojas puntiagudas de una secuoya para que ella pudiera percibir su aroma. Me estiré y la tomé de las manos, como si por arte de magia pudiera llevarla allá conmigo. No se me ocurrió comprarle una camiseta de mi universidad que dijera ABUELA UCSC.

—Hay unos árboles cerca de la biblioteca que dan flores tan blancas que parecieran estar cubiertos de nieve —le dije, pero luego, al recordar que nunca había visto la nieve, agregué—: O como si mil palomas blancas se hubieran posado en ellos. —A éstas sí las conocía bien.

Abuelita Chinta sonrió con una expresión distante en los ojos, como si se esforzara por imaginar esa ciudad mágica. Cuando vives en un lugar como Iguala, es difícil creer que el mundo puede lucir distinto. La sensación de culpa me trajo de vuelta a la realidad y pude sentir los callos de sus manos arrugadas, ver la capa de polvo en sus pies, percibir el calor infernal que irradiaba de su techo de lámina. ¿Por qué puedo disfrutar de un lugar tan hermoso, pero no mi abuelita, quien tuvo que trabajar desde muy joven para alimentar a su familia? Ella, que nunca fue a la escuela, que vivía a tres horas de Acapulco y, sin embargo, nunca había contemplado el océano con sus propios ojos.

—Me alegra que vivas en un lugar hermoso, m’ija —comentó, con su sonrisa chimuela—. Después de todo lo que pasaron, mis niños, se lo merecen.

“Usted también, abuelita”, quise decirle.

Justo en ese momento llegó la tía Güera, seguida por mis pequeños primos, Diana y Ángel.

—Ya llegaste —señaló—. Qué bueno.

—¿Dónde está Betty? —pregunté, levantándome para abrazarla—. ¿Está con Lupe?

Llegué por la tarde y me sorprendió que no hubiera nadie en casa, sólo mi abuelita. Mi prima Lupe tenía catorce años, uno menos que mi hermana. En las escuelas de México había dos turnos, el matutino y el vespertino. Por lo general, especialmente en la secundaria y en la preparatoria, los muchachos pobres terminaban atrapados en el horario de la tarde y tenían que atravesar de noche aquella turbia ciudad para regresar a casa. Era un camino peligroso, en especial para las muchachas.

—Lupe está en la escuela —señaló mi tía—, pero tu hermana no. No se quiso inscribir y ni modo de obligarla.

—Entonces, ¿dónde está ahorita?

—No sé —respondió mi tía Güera—. Se va con sus amigos, a veces sin avisarme —dijo, tomando asiento al otro lado de la mesa—. Mira, Reyna, yo quiero mucho a tu hermana y no me gustaría que le pasara algo malo, pero toda la colonia anda hablando sobre las relaciones vergonzosas que tiene con los muchachos. Yo ya no quiero tener esa responsabilidad. Si termina embarazada, o algo peor, no quiero que sea bajo mi cuidado. Tal vez a ti te haga caso.

Suspiré. No le confesé a mi tía que quizá yo no sería de mucha ayuda. Si los adultos que la rodeaban no lograban que mi hermana entrara en razón, ¿qué los hacía suponer que yo sí lo conseguiría? Betty y yo teníamos una buena relación, pero no como la que alguna vez tuve con Mago.

Por fin llegó mi prima Lupe, pero aún no había señas de Betty.

—De seguro anda por la estación de trenes. Allá es donde vive Chon.

—¿Quién?

—Es el tipo con el que ha estado saliendo Betty —contestó Lupe—. Pero está casado.

Le di dinero a Lupe para que fuera al puesto de comida más cercano a comprar quesadillas. Mientras esperábamos sentadas, me pregunté por qué tanto Betty como yo teníamos esa necesidad enfermiza de ser amadas y queridas por los hombres. Como nuestros padres rara vez nos mostraban algún gesto de ternura, parecía que teníamos que encontrarlo fuera de casa. Por eso no me importaba lo que dijera la gente de Betty, yo no iba a juzgarla.

Cuando Lupe regresó, no llegó sola.

—Miren a quién me encontré —dijo mi prima.

Betty corrió a abrazarme, y todo lo que comentaron sobre mi hermanita de pronto se esfumó cuando la tuve entre mis brazos. Era mi Betty. Cuando escuché que mi madre iba a tener una hija en los Estados Unidos, odié a esa bebé. Estaba celosa de la niñita que había llegado a quitarme mi lugar como la bebé de la familia. Pero cuando la conocí, pensé que era la pequeña más hermosa que hubiese visto, con cabello abundante, rizado y oscuro, además de unas pestañas larguísimas. Cuando mi mamá huyó con el luchador y nos dejó solos —incluida la bebé estadounidense—, me di cuenta de que Betty era como yo, que no era nada especial para mi mamá y que le era igual de fácil abandonarla como lo hizo conmigo. Había intentado protegerla, igual que Mago lo hizo conmigo.

Pero en cuanto Mago, Carlos y yo nos fuimos con nuestro padre a los Estados Unidos, obligados a dejar a mi hermana, nos volvimos a distanciar de ella. Con el paso de los años, a pesar de que terminó viviendo en Los Ángeles con nuestra madre, difícilmente la veíamos. Intentamos que se quedara algunos fines de semana en casa de nuestro padre, pero las visitas eran breves y pocos frecuentes. Mago y yo teníamos un vínculo maravilloso que no incluía a Betty. La distancia y el rencor de nuestros padres fue lo que la mantuvo al margen de nuestra hermandad.

No fue sino hasta que Mago me dejó para iniciar una vida independiente y formar su propio hogar, que entendí lo que se sentía no contar con nadie, justo lo que mi hermana menor había sentido durante muchos años.

Esa fue la razón por la que vine a México. No era porque pensaba que podía ayudarla, sino porque sabía lo que era estar sola.

—Aquí estoy —le dije, estrechándola aun con más fuerza—. Aquí estoy.



Más tarde, esa misma noche, Betty y yo compartimos la cama que alguna vez perteneció a nuestros padres y que yo antes compartía con Mago. Mi tío Crece dormía en la hamaca que colgaba de las vigas y mi abuelita en su cama, cerca de la puerta. Entre los ronquidos de ambos, los ladridos de los perros afuera y el canto de los grillos, resultaba difícil quedarse dormida.

—De todos modos, no quería estar en Los Ángeles —me confesó Betty luego de que le dije cuánto lamentaba que mi madre la hubiera enviado lejos—. Por lo menos aquí puedo escaparme de ella. De ellos.

Por supuesto que se refería a nuestro padrastro. A pesar de que vivimos separadas, en cierta manera nuestras vidas no habían sido muy distintas. Al compartir el techo con nuestro padre, Mago, Carlos y yo padecimos la indiferencia de nuestra madrastra, Mila, quien prefería mantener su distancia y no relacionarse mucho con nosotros. Nunca nos gritó ni nos pegó, pero eso no significaba que no hubiésemos sufrido gracias a ella. Cualquier queja que tenía se la daba a mi padre, quien salía como un demonio de la habitación con el cinturón en la mano para darnos una paliza. La mayoría de las veces ni siquiera sabíamos por qué nos estaba golpeando, pues Mila no nos decía de frente en qué la habíamos disgustado.

Rey, nuestro padrastro, era lo contrario de ella. Sin pensarlo dos veces, golpeaba y le gritaba a Betty, y no necesitaba permiso de mi madre para actuar y hacerle ver su disgusto. Aunque ambas crecimos en hogares donde las palizas y los insultos eran la norma, en mi caso sólo los recibí de manos de mi padre, mientras que mi hermana los padeció con ambos, mi madre y mi padrastro.

—Lo siento, Betty —le dije, refiriéndome a todo; a cómo la inmigración y la separación tuvieron un efecto negativo en todos nosotros; a cómo, a pesar de que nuestros padres emigraron precisamente de esta ciudad para ir a los Estados Unidos con el fin de construirnos una casa, terminaron destruyendo nuestro hogar.

Como si me hubiera leído el pensamiento, Betty volteó a verme.

—¿Crees que las cosas habrían sido distintas si nunca se hubieran ido? ¿Crees que estaríamos juntos como familia?

La luz plateada de la luna se filtraba por los huecos que había en la pared, hecha con varas de carrizo atadas con cuerda y alambre. Sus ojos iluminados por la luna me vieron llenos de esperanza e inocencia, y supe que deseaba que le presentara una imagen distinta —una realidad diferente— de la que estábamos viviendo. Sin embargo, no tenía caso arrepentirse ni desear que el pasado fuera diferente y que nuestra historia familiar no fuera tal como fue.

—No hay nada que podamos hacer para cambiar el pasado, Betty. Pero, ¿sabes lo que quiero? Quiero algún día mirar el pasado y decir que todo el dolor y toda la angustia valieron la pena.

—¿Por eso vas a la universidad?

—Sí —le respondí—. Si ya pagamos un precio muy alto por tener esta oportunidad, lo mejor que podemos hacer es aprovecharla. Lo que está en nuestro poder es lograr que nuestro futuro sea mejor que nuestro pasado, Betty, aunque a veces parece que nunca podremos escapar de él.

Mi hermana se quedó callada. Se volteó hacia la pared, dándome la espalda.

—No quiero regresar a ese lugar —me dijo antes de quedarse dormida—. Espero que no hayas venido para llevarme con ella.

About The Author

Photograph by Imran Chaudhry

Reyna Grande is an award-winning author, motivational speaker, and writing teacher. As a girl, she crossed the US–Mexico border to join her family in Los Angeles, a harrowing journey chronicled in The Distance Between Us, a National Book Critics Circle Award finalist that has been adopted as the common read selection by over twenty schools and colleges and fourteen cities across the country. Her other books include the novels Across a Hundred Mountains, winner of a 2007 American Book Award, and Dancing with Butterflies, and The Distance Between Us, Young Reader’s Version. She lives in Woodland, CA with her husband and two children. Visit ReynaGrande.com.

Product Details

  • Publisher: Atria Books (October 2018)
  • Length: 352 pages
  • ISBN13: 9781501172076

Raves and Reviews

“Una conmovedora autobiografía sobre la creación de una familia, el camino para convertirse en escritora y la redefinición de los Estados Unidos de América”.

– Viet Thanh Nguyen, ganador del premio Pulitzer y autor bestseller del New York Times

“Reyna Grande es una escritora valiente y una incansable guerrera para aquellos que han sido silenciados y opacados. Su fuerza se hace más grande con cada libro”.

– Luis Alberto Urrea, finalista del Premio Pulitzer y autor de The Devil’s Highway

“La marcha de Reyna Grande hacia su brillante carrera es asombrosa. Ella toma decisiones aparentemente desastrosas, pero durante todo se balancea y flota tan liviana como un corcho. Sus errores son familiares, pero su recuperación es única. Esta es una historia de vida tan increíble que solo podría ser verdad”.

– Sandra Cisneros, autora bestseller de La casa en Mango Street

“Escritores como Reyna Grande nos brindan algo más que una historia, más que un libro, más que sólo una rebanada de su experiencia o de su imaginación; nos brindan un mundo en el cual sumergirnos, un lugar al que siempre podemos regresar cuando necesitamos hacer sentido del caos que nos rodea. En búsqueda de un sueño es ese lugar”.

– Valeria Luiselli, autora premiada de Los niños perdidos

“Un retrato conmovedor, hermosamente escrito, de la travesía de una joven para encontrar una vida mejor, a pesar de todo. Reyna Grande es un tesoro nacional; su visión no sólo es singular sino esencial para nuestra cultura contemporánea. Este libro es un faro de luz que guía e inspira”.

– Carolina De Robertis, autora premiada de The Gods of Tango

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